miércoles, 10 de enero de 2007

Alianza de segunda generación


Lo más claro de la última encuesta CEP (diciembre del 2006) es la reconfirmación de una profunda distancia de la ciudadanía con el sistema político y una clara ausencia de alternativa a la Concertación. La necesidad de la Alianza de redefinir su curso de acción es evidente.
Si el objetivo es ser mayoría, destruir y criticar al adversario no solo es insuficiente, sino que está resultando contraproducente. Es indudable que la Concertación vive una crisis estructural y que desde su interior algunos se están haciendo cargo de profundizarla. Otros, con menos éxito, intentan corregir su rumbo. Sin embargo, la Alianza en vez de mostrar un camino alternativo solo le dice al electorado que “ellos” están corrompidos y que por lo tanto no debe seguir en el poder. Y en ese mensaje radica su 24% de aprobación como oposición. La Alianza, de seguir repitiendo la misma estrategia, por seguro seguirá obteniendo los mismos resultados.
Asumir que en tiempos post ideológicos las preferencias se ordenan por la capacidad de generar credibilidad y confianza es un hecho. El apoyo a Bachellet es la muestra más clara de ese fenómeno. Piñera y Longueira, paradójicamente, son los que mejor leen esta realidad en la centro-derecha. Ambos asumen que el argumento de la alternancia es insuficiente y por lo mismo, se perfilan con discursos transversales y propositivos. No solo eso, los dos saben que sin una coalición fuerte, la misión de llegar a la Moneda es aun más compleja. Michelle Bachelet ganó la segunda vuelta por el respaldo de la Concertación. Sus votos llegaron a su cota en la primera vuelta. En el sistema político chileno, la necesidad de una coalición mayoritaria es clave para llegar a gobernar.
La Alianza debe repensarse y asumir que la cancha donde se juega la política es otra. El ciudadano ha cambiado radicalmente. Hoy es un consumidor maduro y exigente. Sus criterios de selección de marca llevan más de 20 años de perfeccionamiento en un mercado que lo persuade cotidianamente con mensajes y ofertas. En este contexto, la política está en propuestas propositivas, diferenciadoras, seductoras y generadoras de credibilidad. En ningún caso reactivas.
Hay un record donde la Alianza es imbatible: perder elecciones. Después de un sinnúmero de derrotas presidenciales, parlamentarias y municipales, la Alianza debe asumir su limitado 38% de apoyo y cambiar. Su proyecto, identidad, su cultura y su marca deben renovarse. Darle legitimidad a su opción implica la creación de un relato propio, una hoja de ruta sintonizada con la sociedad actual. Un 42% de los encuestados se declaran de ninguna tendencia política o no sabe o no contesta. Ellos son los que demandan los cambios.
Pero la Alianza no parte de cero, hay una historia. Fueron sus ideas las que revolucionaron la sociedad chilena y abrieron el camino hacia el desarrollo. Luego, la Concertación tuvo la capacidad de liderar una compleja transición, ciclo que llegó a su fin. La Alianza debe hacerse cargo de la próxima etapa, de la siguiente revolución.
Una Alianza de segunda generación debe ser construida desde una épica. Todas sus personalidades e instituciones deben sumarse y tener el coraje de modernizar un proyecto político fundado en la libertad. Una coalición, que a diferencia de la izquierda, confíe en las personas y en su capacidad creadora. Una nueva visión comprometida en la construcción de una sociedad de oportunidades a través de una economía competitiva y global.
Una sencilla señal de que esta reflexión esta pendiente es la pobreza su identidad. La Alianza no tiene un símbolo. Mientras la Concertación es un arco iris desde su fundación, la Alianza aun no elabora su imaginario.
Construir un proyecto renovado, una alternativa de mayoría, es la mejor estrategia para transformarse en gobierno y de paso, profundizar la crisis concertacionista. El futuro está abierto y la capacidad de construir una Alianza de segunda generación esta ahí.

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